Resistencias humanas al cambio en la edición científica

Hay una observación que conviene poner sobre la mesa antes de cualquier desarrollo: en el campo de la edición científica conviven dos identidades de lector con muy poco contacto entre sí. Por un lado, los cultores del diseño, para quienes el objeto editorial tiene un valor que es relativamente independiente de la calidad del contenido que vehiculiza. Por otro, los efectistas, que valoran ante todo el contenido y la facilidad de disponibilidad del mismo, y para quienes la materialidad gráfica es accesoria, cuando no un obstáculo. Esta bifurcación de públicos no es anecdótica. Es síntoma. Y, sobre todo, es el resultado acumulado de más de tres décadas en las que la producción editorial científica privilegió, casi sin contrapeso, la dimensión visual sobre la dimensión semántica.

Este texto se propone reflexionar e intentar reconstruir sobre cómo se formó ese desbalance, cómo opera en el presente, qué horizonte se vislumbra a partir de la propia inercia tecnológica, y por qué —pese a que las herramientas para corregirlo están disponibles— el verdadero obstáculo es humano, no técnico.

Tres décadas de molde y un horizonte que excede al observador


Pasado: la construcción del molde

A comienzos de los años noventa, el ecosistema editorial sufrió una bifurcación silenciosa pero profunda. La irrupción de la autoedición y de las herramientas de Desktop Publishing reorganizó los roles dentro de las redacciones y de las editoriales pequeñas y medianas. Lo que hasta entonces requería una cadena distribuida —composición, corrección, diagramación, impresión— se condensó en un puesto de trabajo individual con una computadora y un software propietario. Esto trajo consigo una ganancia evidente: control visual, autonomía, velocidad. Pero también trajo una expulsión menos evidente y más consecuente: el programador, el técnico capaz de pensar el contenido como estructura, dejó de tener lugar en esa cadena. La edición se volvió un oficio centrado en el resultado visible, y la inteligencia subyacente —marcado, semántica, datos— quedó fuera del horizonte cotidiano del editor.

Tres décadas después, esa configuración no es solo una herencia operativa. Está inscripta en el ADN profesional de varias generaciones de editores. La identidad del editor científico se construyó sobre la idea de que su producto es un objeto gráfico bien resuelto, y la calidad de su trabajo se evalúa, en buena medida, por la prolijidad de la página. No por la riqueza estructural del documento subyacente, no por su interoperabilidad, no por su capacidad de ser leído por una máquina y reinsertado en una red de conocimiento. Por la página.

Romper ese molde no es una tarea técnica. Es una tarea identitaria. Y ahí empiezan las resistencias.


Presente: dos tribus y un silencio

Las dos identidades de lectores que mencioné al inicio no son simétricas en términos de poder simbólico. En el campo científico convencional, el cultor del diseño tiene una ventaja institucional: el objeto editorial al que adhiere —la maqueta cuidada, el PDF impecable, el artículo paginado como si fuera a imprimirse— coincide exactamente con lo que las editoriales, las revistas y los sistemas de evaluación reconocen como producción legítima. El efectista, en cambio, opera en un registro pragmático que muchas veces es leído como desprolijidad, desinterés por la forma, o incluso desprecio por la tradición.

Esta asimetría no es ingenua. Sostiene un orden. Y aquí aparece el primer núcleo de resistencia, que es honestamente difícil de nombrar sin parecer duro: en buena parte del campo, la autocrítica es válida siempre que no me incluya a mí. Los editores critican a los autores que no entienden de estructura. Los investigadores critican a los editores que producen objetos cerrados. Las instituciones critican a las plataformas que extraen renta de los datos científicos. Pero pocas veces el editor critica su propia formación, el investigador su propia falta de cuidado por la estructura del manuscrito que escribe, o la institución la coherencia entre lo que predica y lo que paga en licencias todos los años.

La segunda capa de resistencia es institucional. Las universidades, las editoriales académicas, las revistas científicas, los sistemas de evaluación de la ciencia: ninguno de estos actores tiene incentivos claros para tocar el statu quo. Más aún, en muchos casos se estimula activamente que los alumnos, los autores y los investigadores no comprendan la diferencia de paradigma entre escribir para imprimir y escribir para una red. No se les explica porque la propia institución opera, en su vida cotidiana, como si esa diferencia no existiera. Cuando aparece, aparece a la fuerza, porque el medio ya no la puede esconder: un revisor pide datos que un PDF no puede transportar, un indexador exige metadatos que el flujo no genera, un repositorio rechaza un envío por falta de estructura. Pero la formación, los manuales, los talleres y las cátedras siguen reproduciendo el modelo anterior.

Esta combinación —resistencia identitaria del editor más resistencia inercial de la institución— tiene una consecuencia geopolítica que conviene nombrar: la brecha entre el norte global y el sur global, en lo que se refiere a esquematización de la producción científica, es palpable. No es la única brecha, ni la más grave. Pero es una de las más visibles para quien mira el flujo editorial desde adentro. Mientras buena parte del norte invirtió en infraestructuras semánticas, identificadores persistentes, XML estructurado y formatos legibles por máquina, en el sur seguimos produciendo, mayoritariamente, objetos pensados para ser vistos por una persona en una pantalla, y solo después —si llega— ser procesados por un sistema. Esto no es un problema de tecnología. La tecnología existe, es abierta, es gratuita en términos de licencia, y está suficientemente madura. Es un problema de voluntad política y de coherencia institucional.


Futuro: la curva exponencial, el PDF y el grafo nativo

Una pregunta legítima en este punto es si el campo científico tiene expectativas reales de que el PDF —es decir, el modelo que le da autoridad— pueda reformularse de algún modo y, con ello, evitar la comunicación máquina-máquina que parece imponerse. La respuesta honesta es que el camino es solo de ida. Esperar que el PDF se transforme en un objeto inteligente sin abandonar lo que es —una imagen de página— es esperar magia. Y la magia no es una política editorial sostenible.

Pero antes de seguir, conviene introducir una idea que el campo editorial todavía no terminó de procesar, y que en realidad excede al campo y atraviesa a cualquier industria madura: el desarrollo tecnológico no avanza de manera lineal. Avanza, desde hace décadas, en curvas exponenciales. Capacidad de cómputo, capacidad de almacenamiento, ancho de banda, eficiencia energética por operación, tamaño de los modelos de inteligencia artificial: ninguna de estas magnitudes creció en línea recta. Crecieron multiplicándose en escalas de tiempo cada vez más breves. Y la mente humana, por configuración cognitiva, está cableada para hacer exactamente lo contrario: proyectar el futuro como una prolongación más o menos lineal del presente. Tendemos a imaginar el smartphone de dentro de diez años como una versión más rápida y más fina del actual, no como un dispositivo cualitativamente distinto. Tendemos a imaginar la lectura de dentro de diez años como la práctica de hoy con algunas mejoras de pantalla, no como una actividad reorganizada por dispositivos que todavía no existen. Tendemos a imaginar la edición de dentro de diez años como un poco más automatizada, no como una operación cuya unidad significativa puede haber dejado de ser el documento.

El problema con esa proyección lineal no es solamente que sea modesta. Es, ante todo, que es sistemáticamente incorrecta. Cada vez que una industria madura proyectó el cambio en términos lineales, el cambio efectivo llegó antes y fue más profundo de lo previsto por su vínculo directo con la tasa de ganancia esperada. No por capricho del mercado, sino porque la trayectoria subyacente que lo empujaba no era lineal. Y cuando una curva exponencial cruza determinado umbral, el comportamiento del sistema entero cambia de régimen. Lo que era inviable se vuelve trivial. Lo que era marginal se vuelve dominante. Lo que parecía duradero se evapora en pocos años. No hay margen para imaginarlo desde la sensatez del estado actual, porque la sensatez del estado actual es justamente lo que la curva desbarata.

A esa dinámica conviene sumarle una capa de honestidad adicional: tampoco se puede predecir con razonable precisión hasta dónde llegará el avance del hardware mismo. ¿Cuánto falta para que la capacidad de cómputo accesible al usuario común se multiplique por diez? ¿Por cien? ¿Por cien mil? No hay respuesta defendible a esas preguntas, y cualquier intento de fijar una fecha tiene más de marketing que de prospectiva seria. Lo que sí se puede afirmar, en cambio, es que quien crea que esa multiplicación, cuando ocurra, no va a alterar las reglas de juego de prácticamente ningún campo de producción simbólica, no termina de entender cómo opera el sistema capitalista. El capitalismo no preserva prácticas por respeto a la tradición; las reorganiza alrededor del insumo que se abarata. Cuando el cómputo se volvió suficientemente barato, se reorganizó la música grabada, la cartografía, la traducción, el comercio minorista, la fotografía y la producción audiovisual. No hay ninguna razón estructural para suponer que la edición científica esté inmunizada contra ese tipo de reorganización. Lo que la diferencia, en todo caso, es que su sostén institucional —universidades, revistas, sistemas de evaluación, agencias de financiamiento— le permite simular durante más tiempo que la transformación no la afecta. Pero simular no es lo mismo que estar exento.

La edición científica no es excepción a esta dinámica. Es, en todo caso, una de las industrias más expuestas a ella, porque su producto central —conocimiento— es exactamente el tipo de bien que se beneficia más con una capa de cómputo barata, abundante y semánticamente capaz. Y ahí aparece una resistencia que no había tratado hasta este punto del artículo, y que es probablemente la más sofisticada de todas: no es solo que nos cuesta aceptar críticamente lo que hacemos. Nos cuesta, además, imaginar lo que viene. Esa imposibilidad de imaginar el salto siguiente no se manifiesta como oposición, ni como ideología, ni como conservadurismo militante. Se manifiesta como sensatez. Como pragmatismo. Como prudencia profesional bien intencionada. Y sin embargo, en términos prospectivos, funciona como un modo eficaz de quedarse afuera del régimen que se está formando.

Es desde ese marco que conviene volver al PDF. Mi postura se distancia de la lectura conservadora, que sostiene que el PDF no va a desaparecer sino convivir con otros formatos. Esa lectura subestima dos cosas. La primera es la trayectoria de los microprocesadores en los dispositivos móviles. La potencia de cómputo de los smartphones está creciendo a una escala que probablemente no terminamos de dimensionar, y a la vez el comportamiento de lectura ya se desplazó: hoy, prácticamente nadie lee un PDF científico en una pantalla de seis pulgadas con paginación A4. La maqueta de página, que fue la garantía simbólica de autoridad del objeto científico durante décadas, es incómoda, ilegible y disfuncional en el dispositivo donde efectivamente se lee. La segunda cosa que esa lectura subestima es que el formato condiciona la forma de pensar la edición. Si aceptamos que el destino del documento es una red, y que la unidad significativa no es la página sino el nodo y su relación con otros nodos, entonces el grafo de conocimiento puede —y debe— venir construido desde la propia edición. No es una capa posterior que alguien añade después con minería de texto. Es una decisión editorial, tomada en el momento en que se marca el manuscrito.

Esto modifica la práctica editorial mucho más que cualquier cambio de software. Implica que el editor científico, en el escenario que se está abriendo, no es alguien que diseña páginas sino alguien que diseña estructuras. Y eso choca de frente con la identidad profesional construida durante las últimas tres décadas. Pero además, y este es el punto que la dimensión exponencial vuelve ineludible, choca de frente con la modesta extrapolación lineal con la que el campo está imaginando su propio futuro. Mientras seguimos discutiendo si el PDF va a convivir con otros formatos, la base material sobre la que se sostiene la lectura científica está mutando a una velocidad que no admite esa discusión en sus términos actuales.


Reflexión final: la autocrítica que no me incluye

Si alguien me pregunta dónde está el verdadero cuello de botella, no respondo con una herramienta. No respondo Markdown, ni JATS, ni Pandoc, ni un repositorio. Respondo con una frase incómoda: la autocrítica es válida siempre que no me incluya a mí. Esa es, en mi lectura, la principal resistencia humana al cambio paradigmático en la edición científica. No es la falta de software. No es la falta de capacitación. No es siquiera la falta de presupuesto, aunque también pese. Es la dificultad enorme de aceptar que el oficio en el que uno se formó durante décadas se construyó sobre una premisa que ya no es la dominante.

Es comprensible que esa aceptación cueste. Aceptarla implica revisar la identidad profesional, los criterios de calidad, los lazos institucionales, los acuerdos con autores y las costumbres de evaluación. Implica reconocer que producir bien hoy no es lo mismo que producir bien hace veinte años, y que la prolijidad gráfica, sin estructura semántica, es una forma sofisticada de obsolescencia. Implica, en el caso de las instituciones, asumir que perpetuar la confusión de paradigmas no es neutral: tiene costos económicos, costos en visibilidad de la ciencia que se produce, y costos geopolíticos, especialmente para quienes editamos desde el sur.

La ironía es que las herramientas para hacerlo de otro modo ya están. Llevan más de una década estabilizadas. Son abiertas, documentadas, interoperables. El obstáculo no es tecnológico. Es humano. Y ese es, justamente, el tipo de obstáculo más difícil de mover, porque no se resuelve instalando un paquete ni leyendo un manual. Se resuelve revisando, con honestidad incómoda, en qué medida uno mismo —editor, investigador, autoridad institucional— forma parte del molde que dice querer romper.

Y aun así, todo lo anterior describe el lado del observador. Hay otro lado que conviene nombrar, aunque sea en clave de incógnita, porque honestamente no sé cómo va a resolverse. Por mucho que la academia siga insistiendo en lo que considera su razón de ser —la página, el PDF, la maqueta, el artículo paginado como unidad de comunicación científica— hay un movimiento generacional que opera por debajo y que no responde a la insistencia institucional. Las personas que están entrando hoy a leer ciencia, a escribirla y a editarla se formaron sobre un sustrato material distinto. Su intuición sobre qué es legible, qué es autoritativo, qué es citable y qué es verificable no se construye sobre los mismos referentes que la mía. Eso no es un juicio de valor sobre su formación; es una observación sobre la transformación, lenta y silenciosa, de los criterios de legitimidad. Una transformación que la institución todavía puede ignorar en sus reglamentos, pero que ya está modificando las prácticas concretas de quienes la sostendrán dentro de veinte años.

No sé hasta dónde llega ese movimiento. No sé si el formato actual aguanta una generación más en su rol central, ni si lo que hoy llamamos artículo científico seguirá siendo la unidad nuclear de comunicación del conocimiento dentro de tres décadas. Y soy plenamente consciente de que esta reflexión se proyecta más allá de mis propios límites biológicos: lo que describo, si efectivamente ocurre en el sentido en que lo imagino, no lo voy a ver completarse. Voy a alcanzar, en el mejor de los casos, las primeras señales claras del cambio. Eso impone una posición intelectual distinta a la del que predice. No se trata de adelantar el desenlace, sino de dejar el problema lo más honestamente formulado posible, para que la generación que sí lo vaya a transitar tenga, al menos, el diagnóstico bien armado. Tal vez ahí radique el sentido de seguir escribiendo sobre esto: que la conversación conserve peso cuando uno ya no esté para sostenerla.