Siempre defendí escribir los nombres completos y siempre creí que defendía una cuestión de oficio. Estaba equivocado: era una cuestión de arquitectura. Notas sobre las iniciales en la firma científica.
1. Lo que yo creía que estaba discutiendo
Llevo treinta años componiendo con LaTeX, y durante casi todos ellos tuve una discusión recurrente que siempre di por perdida de antemano. La discusión es esta: por qué escribir los nombres completos.
Nunca me costó hacerlo. Empecé con BibTeX en 1994, con todos los dolores de cabeza de la época —los ocho bits, los acentos escapados a mano, las bases que se rompían al cambiar de codificación—. Hoy trabajo con biblatex, que es el heredero natural de aquello del mismo modo que LuaLaTeX lo es de pdfLaTeX: la continuidad de una idea antes que un reemplazo.
Y la idea estaba desde el principio: el nombre no es una cadena de caracteres. El modelo que BibTeX estableció y biblatex refinó lo descompone en partes —nombre de pila, partícula, apellido, sufijo—, de manera que van Beethoven, King, Jr. y Ortega y Gasset no son casos raros que haya que parchear a mano sino instancias previstas de una misma estructura. Y si los nombres de pila se abrevian o no es, en los estilos propios de biblatex, un parámetro. No todos los estilos lo respetan, pero el gesto conceptual está a la vista: abreviar es una decisión del estilo, no un atributo de la persona.
Con eso a mano, yo tenía siempre la respuesta lista. Cuando alguien me decía que las partículas complican, que el von desordena la alfabetización, que los dos apellidos rompen el índice, que es más práctico abreviar, yo mostraba que no, que se podía hacer bien, que ahí estaba hecho. Y defendía la posición con los argumentos que tenía: que era más elegante, más respetuoso del autor, más cuidado. Argumentos de taller. Argumentos de artesano.
Ahora creo que eran malos argumentos. No falsos —el resultado efectivamente es más elegante y más respetuoso—, pero sí malos, en el sentido de que apuntaban a lo secundario. Yo creía estar defendiendo un gusto que podía permitirme porque mis herramientas me lo permitían, y sospechaba, en algún lugar poco confesable, que quien usaba otras herramientas tenía una excusa legítima para hacerlo peor.
El descubrimiento —tardío, y por eso escribo esto— es que no estaba defendiendo un gusto. Estaba usando, sin saber nombrarlo, un modelo de datos. Durante treinta años tuve delante una afirmación bastante fuerte sobre la naturaleza de los nombres personales: que un nombre tiene partes, que esas partes son el dato, y que abreviarlo es una decisión de salida. Yo lo leí como una prestación del programa. Era una tesis.
Lo que terminó de consolidármelo vino de un lugar completamente distinto. JATS —el esquema en que se marcan los artículos de revista— no proviene de la tradición de la composición tipográfica sino de la del intercambio y la preservación: nunca tuvo que resolver una página hermosa, solo que un artículo sobreviva legible a los sistemas que lo procesen. Y llega, por su cuenta, exactamente al mismo lugar: no existe un elemento «inicial». Existe un atributo @initials, opcional, colgado del nombre completo, pensado para conservar la abreviatura solo cuando no puede derivarse por algoritmo.
Dos tradiciones que no se hablaron nunca, con problemas distintos y usuarios distintos, convergen en la misma regla. Cuando eso pasa, uno ya no está frente a una preferencia. Está frente a una estructura.
Y entonces la discusión que yo daba hace treinta años estaba mal planteada, porque yo la daba en el terreno del oficio y no en el que corresponde. Lo ilustra bien algo que leí hace poco. En junio de 2023, alguien que registraba DOI planteó en el foro de la comunidad Crossref una duda muy concreta: el formulario de depósito pide nombre y apellido, pero lo que él tenía era «J. R. Young», porque esa es la forma en que la literatura científica cita. ¿Qué carga en el campo del nombre: Jeremy, Jeremy R., J.R. o J.? La respuesta del staff fue que las cuatro se aceptan, pero que Jeremy R. es la más rica y por lo tanto la buena práctica: el algoritmo de emparejamiento de citas funciona mejor cuanto más completos y exactos son los metadatos.
Lo que me interesa de ese intercambio no es la respuesta sino la pregunta. Ese editor no estaba eligiendo entre maneras de escribir un nombre: estaba informando que no tenía el nombre. Tenía la cita. En algún punto de la cadena —el manuscrito, la plantilla de la revista, la hoja de estilo, la base heredada— alguien reemplazó el dato por su abreviatura y nadie guardó el original. Cuando llegó el momento de depositar metadatos, el dato ya no existía.
Y ahí está lo que me obliga a corregir mi propia soberbia de tres décadas: que yo pudiera hacerlo bien no era una virtud mía. Era una propiedad de mi flujo de trabajo. Y que él no pudiera no era ignorancia: era una propiedad del suyo.
Ese es el problema. No es de gusto tipográfico. Es de arquitectura de la información.
2. De dónde viene la costumbre
Conviene descartar primero la hipótesis fácil, que es la que yo mismo tenía cuando empecé a pensar el tema: que las iniciales son una afectación, un gesto de distinción heredado de la prosa anglosajona —el aura de T. S. Eliot, de J. R. R. Tolkien, de H. L. Mencken—.
Hay algo de eso, pero es marginal y no explica nada. La causa real es mucho más aburrida: economía de composición. Los estilos que dominan la ciencia experimental abrevian el nombre de pila por regla. El estilo Vancouver, derivado del manual de la National Library of Medicine, exige apellido seguido de iniciales sin puntos ni comas: Smith JK. APA pide apellido e iniciales. Los títulos de revista también se abrevian, y el número de autores se trunca con un et al. a partir de cierto umbral. Todo el aparato está diseñado para una restricción que hoy no existe: el centímetro de columna en papel.
Las bases de datos heredaron la mutilación y la consolidaron. Web of Science recién empezó a registrar los nombres de pila completos a partir de 2008. Antes de eso, décadas enteras del registro académico mundial existen únicamente como apellido más inicial, sin posibilidad de reconstrucción.
O sea: la inicial no es un esnobismo. Es un órgano vestigial. Una optimización razonable para un recurso escaso que sobrevivió a la desaparición de la escasez. Eso no la hace menos anacrónica —al contrario—, pero cambia el diagnóstico, y con él el remedio: no se corrige con una campaña de buenos modales, se corrige tocando los estilos, los formularios y los esquemas.
3. Lo que cuesta, en números
La ambigüedad de nombres de autor no es una molestia teórica. Es uno de los problemas abiertos de las bibliotecas digitales, con literatura propia y una industria entera de algoritmos de desambiguación.
Los órdenes de magnitud son incómodos. En una gran base de datos de citas con más de seis millones de autores, más de dos tercios comparten apellido e inicial con otro autor, y un nombre ambiguo corresponde, en promedio, a ocho personas distintas. En un estudio comparativo de métodos de desambiguación, el bloque de nombre más grande —y. wang— reunía más de siete mil menciones de autor. Un análisis bibliométrico llegó a mostrar a «Y. Wang» publicando nueve artículos por día en Web of Science: una identidad estadística que en realidad amalgama a miles de investigadores cuya producción se computa como si fuera una sola.
El daño no es solo métrico. Está documentado al menos un caso de un docente con cargo estable que infló su currículum con publicaciones que no eran suyas sino de homónimos: dos tercios del listado. La homonimia no distingue entre error y fraude; simplemente abre la puerta.
Y todo esto ocurre con apellidos completos. La inicial no crea el problema, pero le sube el piso de ruido de manera considerable.
4. Pero el nombre completo tampoco identifica
Acá es donde hay que ser honesto con el argumento, porque la tentación es concluir «entonces firmemos con el nombre completo y se acabó la ambigüedad». Es falso, y creer eso lleva a diseñar mal los sistemas.
Un nombre completo no identifica a nadie de manera confiable:
- Hay homónimos exactos. Dos personas con el mismo nombre y apellido en la misma disciplina no es una rareza estadística; en algunos sistemas onomásticos es lo esperable.
- Los nombres se transliteran. Nombres chinos, coreanos, árabes, rusos distintos colapsan en una misma cadena latina, y un mismo nombre admite varias romanizaciones.
- Los nombres cambian. Por matrimonio, por divorcio, por migración, por transición de género. La firma de 2010 y la de 2026 pueden ser dos cadenas sin ninguna relación de cadena entre sí.
- No todos los nombres tienen la estructura que suponemos. Dos apellidos en el mundo hispanohablante; patronímicos islandeses que no son apellidos; orden apellido-nombre en China, Japón, Corea, Hungría; personas con un solo nombre.
Precisamente por esto existe ORCID, fundado en 2010 por editores, académicos y bibliotecarios con la misión explícita de resolver el problema de ambigüedad de nombres mediante un registro central de identificadores. Sus tres propiedades constitutivas son las que importan: único, para distinguir personas del mismo nombre; persistente, para acompañar toda la carrera; y controlado por un solo individuo real, que es quien decide qué muestra su registro.
La conclusión incómoda para mi propia tesis inicial es esta: el nombre nunca fue un identificador y no puede serlo. Si el argumento contra las iniciales fuera «necesitamos nombres completos porque necesitamos identificar unívocamente», el argumento sería malo, porque el nombre completo tampoco alcanza. La ambigüedad no se resuelve alargando la cadena.
5. Entonces, ¿qué se pierde exactamente con la inicial?
Se pierden tres cosas distintas, y conviene no mezclarlas.
Primero: se pierde información de manera irreversible. De Jeremy se deriva J. con una función trivial. De J. no se deriva nada. Es compresión con pérdida sobre un dato que no se puede volver a generar. Y el problema es peor de lo que parece, porque la inicial ni siquiera es una función confiable en sentido inverso: en los nombres filipinos, la inicial del medio no corresponde a un nombre de pila sino al apellido de soltera de la madre, y puede representar más de una palabra —una D puede estar por Dela Cruz—. El W3C, en su documento sobre nombres personales en el mundo, incluye una advertencia que debería estar impresa en la pared de toda editorial: no supongan que una letra sola es una inicial, porque hay personas cuyo nombre es una letra. La S de Harry S. Truman no abrevia nada.
Segundo: se degrada el emparejamiento del corpus retrospectivo. Los identificadores persistentes resuelven el problema hacia adelante, pero solo para la fracción de la producción que los lleva. Todo lo publicado antes —y buena parte de lo que se publica hoy sin ORCID— se vincula por nombre, con algoritmos que usan coautores, afiliación, referencias compartidas y área temática como señales auxiliares. En ese trabajo, el nombre de pila completo es una de las señales más baratas y discriminantes disponibles. Regalarla es caro. Por eso Crossref recomienda depositar la forma más rica posible y los servicios que consumen esos metadatos piden explícitamente nombres completos en lugar de iniciales.
Tercero: se empobrece la capa humana. El identificador es para las máquinas. El nombre es para las personas: para leer, citar, recordar, atribuir, reconocer a quién se está leyendo. Una firma reducida a J. R. Y. no le dice nada a nadie salvo al índice.
6. La inicial es una vista, no un dato
Todo lo anterior converge en una sola regla de diseño, y esa regla es la que yo venía aplicando sin saber que la estaba aplicando. No la inventé: está escrita en la especificación.
JATS, el esquema en que se marcan los artículos de revista, no tiene un elemento «inicial». Tiene un atributo @initials, opcional, que se cuelga de <given-names> y de <surname>. La documentación es explícita sobre para qué existe: para conservar las iniciales cuando la editorial las determinó editorialmente y ese trabajo intelectual no debería perderse, y sobre todo para los casos en que las iniciales no pueden determinarse por algoritmo a causa de la complejidad del nombre. Los ejemplos de la tag library son elocuentes: <given-names initials="BT">B. Tommie</given-names>, <surname initials="M">de la Mare</surname>.
Es decir: el dato es el nombre completo; la inicial es un atributo derivado, guardado solo cuando derivarlo automáticamente sería incorrecto.
Esto es exactamente lo que uno esperaría de una arquitectura de fuente única. El estilo bibliográfico es una transformación de salida. Que en biblatex abreviar o no sea un parámetro del estilo responde a lo mismo: es una decisión de renderizado. Ninguna hoja de estilo debería tener autoridad sobre el contenido del campo. Cuando la tiene —cuando la base de datos guarda J.R. porque así se cita—, no estamos frente a una convención tipográfica: estamos frente a una filtración del formato hacia el modelo de datos, que es el error de diseño más viejo y más caro que existe en producción editorial.
Reformulado así, la tesis se sostiene mucho mejor: lo anacrónico no es firmar con iniciales; lo anacrónico es guardar iniciales.
7. Página-fuente y página-salida
Si la norma ya dice todo esto —si JATS declara que la inicial es un derivado y Crossref pide la forma más rica—, la pregunta obvia es por qué casi nadie lo hace. La respuesta no está en la voluntad de los editores. Está en el flujo.
En el modelo de producción dominante, la página compuesta es el artefacto autoritativo. Todo lo demás —el XML, el depósito, el HTML, el registro— se deriva de ella, tarde, por conversión, muchas veces tercerizado y siempre después de que el trabajo importante se dio por terminado. En ese modelo, la inicial no es el resultado de aplicar un estilo: es una pulsación de teclas. Nadie tipea «Jeremy Richard» dentro de un marco de texto para después abreviarlo. Tipea J. R., porque lo que está construyendo es la página, y en la página la forma final es la única forma que existe. La pérdida no ocurre en la transformación de salida. Ocurre en la carga, antes de que exista estilo alguno del cual la inicial pudiera derivarse.
Vista así, la pregunta de aquel editor del foro deja de ser una duda sobre metadatos y pasa a ser un síntoma tardío: alguien buscando en la base de datos un dato que nunca tuvo dónde vivir separado de su presentación.
Hay una asimetría en esto que conviene enunciar con precisión, porque suele discutirse mal. La retroconversión —marcar XML a partir de lo compuesto— recupera estructura razonablemente bien, porque la estructura deja huellas tipográficas: un cuerpo mayor delata un título, una sangría francesa delata una referencia, una serie de itálicas delata un aparato. Lo que no recupera nunca es información suprimida, porque un nombre de pila borrado no deja ninguna huella. El XML tardío reconstruye la forma; jamás el contenido. Toda la discusión sobre en qué dirección debe correr el flujo se puede reducir a esa sola frase.
Conviene también sacar del medio el falso dilema de las herramientas. Esto no es una disputa entre programas, y quien la plantea así se equivoca de eje. Hay páginas compuestas en aplicaciones de autoedición que se alimentan de una base de datos y son impecables desde el punto de vista del dato; hay flujos XML que canonizan basura. La variable no es el software: es dónde reside el estado autoritativo. O la página es fuente, y entonces cada dato que no sobrevive a la composición se pierde para siempre; o la página es salida, y entonces puede rehacerse tantas veces como haga falta sin que nada se pierda, porque lo que se guarda no es la página sino aquello de lo cual la página se deduce.
Hasta acá la teoría es cómoda. Después empieza la parte que duele, y no voy a fingir que la tengo resuelta.
La corrección de último momento. El autor devuelve las galeras con quince cambios, tres de los cuales tocan su propio nombre. La página está armada, el cierre es mañana. Corregir en la página lleva dos minutos; volver al dato, regenerar y recomponer lleva una tarde. Todo el mundo elige los dos minutos, y esa elección —repetida quinientas veces— es exactamente el mecanismo por el cual una base autoritativa se convierte en una base desactualizada que nadie vuelve a mirar. ¿Cómo se sostiene la disciplina de volver atrás cuando el incentivo inmediato apunta con tanta fuerza en la dirección contraria? ¿Y quién paga esa tarde: la editorial, el corrector, el proyecto, el autor?
El costo de arranque. Montar un flujo de fuente única es caro, lento y sus beneficios son diferidos e invisibles. Nadie agradece una desambiguación que no hizo falta. El rendimiento de la inversión se cobra dentro de diez años, en la calidad de un corpus que para entonces alguien va a querer analizar. ¿Qué editorial pequeña puede financiar eso? ¿Y es honesto reclamárselo a quien apenas llega a cerrar el número?
El control fino del diseño. Una página deducida por transformación cede algo que la composición manual da: el ajuste óptico, la decisión caso por caso, la mano. Parte de esa pérdida es real y parte es hábito, y separar una cosa de la otra es más difícil de lo que suele admitirse en los dos bandos. Además hay un territorio donde la objeción es directamente correcta: el libro en el que la página es la obra, donde la disposición no es vestimenta de un contenido sino el contenido mismo. ¿Qué hacemos ahí? ¿Aceptamos que hay géneros editoriales para los cuales la fuente única es una respuesta a una pregunta que nadie hizo?
El dato llega mutilado. El manuscrito entra con el nombre ya abreviado, porque el autor lo abrevió, porque así se lo enseñaron, porque así firma hace treinta años. La pérdida es anterior a nosotros. ¿Preguntamos? ¿A quién, en un artículo con once firmantes? ¿En qué momento del flujo, sin que la consulta parezca una impertinencia o una barrera de entrada? Y si el autor responde que prefiere la inicial, ¿con qué autoridad la editorial insiste?
Hay, sin embargo, un rendimiento del modelo de producción que rara vez se menciona y que a mí me parece el más fuerte de todos, porque no es de eficiencia sino de otra cosa. Volvamos al cambio de nombre. Si la página es la fuente, modificar el nombre de una autora en lo ya publicado significa reabrir, recomponer y redepositar artículo por artículo, a mano, con costo real y por eso con resistencia real. Si el nombre es un campo colgado de un identificador persistente, el cambio se propaga solo. Es decir: la posibilidad material de sostener una política de cambio de nombre discreta y sin nota de corrección no depende de la buena voluntad de la editorial, sino de su arquitectura. Las convicciones que una organización no puede ejecutar barato tienden, con el tiempo, a dejar de ser convicciones.
Queda una advertencia, y es contra el propio argumento. La fuente única no es inmune al error: es amplificadora. Si el formulario de captura ofrece dos campos —«nombre» y «apellido»—, en alfabeto latino, sin lugar para dos apellidos ni para partículas ni para tildes, entonces el flujo no mutila el dato una vez, en la página: lo canoniza, lo vuelve autoritativo y lo propaga íntegro a todas las salidas de una sola vez. Un buen flujo multiplica la calidad de la decisión de captura, cualquiera sea su signo. Por eso el eslabón crítico de todo este asunto no es la hoja de transformación ni el esquema: es el formulario donde el nombre entra por primera vez, que es justamente el lugar donde el W3C advierte que no supongamos ni el orden, ni el número de componentes, ni que una letra sola sea una abreviatura.
Nuestro caso, para ser transparente sobre desde dónde escribo esto: en la base de datos de gbpublisher el nombre se guarda completo, y cada salida lo abrevia o no según su modelo —APA cuando la revista lo impone, ISO 690 o Valbusa en los libros—. Que el mismo dato pueda aparecer citado de tres maneras distintas sin que nadie toque el registro no es una demostración teórica de que el estilo es una vista. Es simplemente lo que pasa cuando el flujo está armado en esa dirección.
8. Los contraargumentos que hay que tomar en serio
Si el artículo termina en el punto anterior, es un artículo tramposo. Hay al menos cuatro objeciones fuertes, y ninguna es tonta.
a) La inicial como blindaje. Existe evidencia de que las científicas usan la inicial más que sus colegas varones, y la razón no es el pudor: es la sospecha —bien fundada en la literatura sobre sesgo de género en evaluación— de que un nombre de pila femenino cambia la lectura del trabajo. Hay relatos de primera mano de investigadoras cuya tasa de éxito en convocatorias varió de manera brutal según su nombre apareciera completo o abreviado. Un análisis del corpus de JSTOR llegó a señalar que parte del aumento observado de autoras identificables se debe simplemente a que hoy se usa más el nombre completo que la inicial. Quien firma con inicial para no ser leída como mujer no está siendo esnob ni ignorante: está respondiendo racionalmente a un sesgo real. El remedio correcto no es exigirle que firme completo; es arreglar la revisión.
b) El nombre completo puede ser un daño. Para autores trans, la firma anterior en el registro publicado no es un dato neutro: fuerza la revelación y expone a hostigamiento. Desde 2021 hay un marco de COPE y políticas de varias editoriales grandes que permiten el cambio retroactivo de nombre sin nota de corrección, precisamente porque la nota de corrección anunciaría lo que se quiere proteger. Cualquier consigna del tipo «firmá siempre igual, toda la vida, con el nombre completo» —que es, textualmente, lo que recomiendan casi todas las guías de normalización de firma— choca de frente con esto. El registro tiene que ser mutable, y el identificador es lo que hace posible que sea mutable sin romper la atribución.
c) El autor no controla la lista de referencias. Uno puede firmar María Fernanda Gutiérrez Ramos y aparecer citado como Gutiérrez Ramos MF, o peor, como Ramos MF, según el estilo y según cómo la base parsee dos apellidos. La decisión de abreviar no la toma quien firma: la toma la revista que lo cita. Predicarle al autor es apuntar al eslabón equivocado.
d) El modelo «nombre + apellido» ya es una imposición cultural. Este es el contraargumento que más me obliga a matizar el tono de la crítica. Si vamos a acusar de anacronismo culturalmente heredado, empecemos por el formulario que asume dos componentes en un orden fijo, en alfabeto latino, con un componente heredable. Las recomendaciones de la FECYT para autores españoles son un monumento involuntario a esto: aconsejan unir los apellidos con guion, poner el primer nombre completo y solo la inicial del segundo —para que el segundo nombre no sea interpretado como primer apellido por las bases—, no abreviar nunca y conservar las tildes. Todo eso es sensato, y todo eso es la descripción de una comunidad adaptando sus nombres a la forma que exige un sistema pensado en otro idioma. La inicial es apenas un síntoma de ese problema mayor.
9. Qué haría una editorial que se toma esto en serio
De todo lo anterior sale una lista corta y accionable, que es lo que a mí me interesa del asunto:
- Capturar el nombre completo en el envío, con los campos separados, y no dejar que el formulario sugiera la forma citacional.
- Pedir ORCID en el envío, no en la corrección de galeras. Idealmente, autenticado.
- Guardar el nombre como el autor lo escribe, con tildes, con diéresis, con partículas, en su alfabeto cuando corresponda.
- No guardar nunca la abreviatura como campo; derivarla en el renderizado. Usar
@initialsen JATS solo cuando la derivación automática sería incorrecta. - Depositar en Crossref la forma más rica disponible, con ORCID y con afiliación identificada.
- Aceptar que la firma es una decisión del autor, incluida la decisión de abreviar: quien quiera firmar con inicial debe poder hacerlo sin que eso destruya el dato subyacente. Vista y dato son cosas distintas; ese es justamente el punto.
- Tener una política de cambio de nombre escrita, discreta y sin nota de corrección.
- Tratar los estilos como transformaciones de salida. Si APA obliga a iniciales, que las obligue en el PDF, no en la base.
- Auditar el formulario antes que el esquema. Un flujo bien armado propaga con fidelidad todo lo que recibe, incluido lo que recibe mal.
10. La discusión que ya no daría igual
Si mañana volviera a tener aquella conversación de taller —la de por qué escribir los nombres completos—, no la daría como la di durante treinta años. No hablaría de elegancia ni de respeto por el autor, aunque siga creyendo en las dos cosas. Diría algo bastante más seco: que el nombre completo no es una forma de escribir, es el dato; que la inicial no es una forma más breve del dato, es una vista; y que cualquier flujo donde esas dos cosas se confunden va a perder información de manera irreversible, con independencia del talento y del cuidado de quien lo opere.
También admitiría lo que entonces no veía. Que mi posición no era mérito sino herencia: me tocaron herramientas que llevaban adentro una tesis correcta sobre los nombres personales, y yo la usé durante décadas sin advertir que era una tesis. Que el modelo de datos venía antes que mi criterio, y no al revés. Y que cuando un colega no llega al mismo resultado, la explicación más probable no es el descuido: es que en ningún tramo de su cadena de producción hubo un lugar donde alojar lo que se perdió. La diferencia entre él y yo no estaba en el rigor. Estaba mucho más atrás, en el punto donde cada uno empezó a trabajar.
Lo que no sabría contestar sigue siendo mucho, y es con eso con lo que quiero cerrar, porque es donde este texto me deja incómodo:
- Si el identificador persistente ya resuelve la identidad, ¿qué queda del argumento de desambiguación a favor del nombre completo, más allá del corpus retrospectivo? ¿Es un argumento de transición, con fecha de vencimiento?
- ¿Es legítimo que una revista exija nombre completo en la firma? ¿O eso pisa el derecho de la autora a decidir qué revela de sí misma?
- ¿Cuánto de la persistencia de la costumbre es inercia de las hojas de estilo y cuánto es preferencia real de quien firma? No conozco datos sobre eso, y me gustaría.
- ¿Es razonable pedirle a una editorial chica que financie hoy una infraestructura cuyo beneficio se cobra dentro de una década, y en un corpus que probablemente analice otro?
- Si el modelo de producción condiciona qué políticas editoriales son ejecutables, ¿hasta qué punto una decisión de arquitectura es una decisión ética disfrazada de decisión técnica?
- Y la que más me interesa, que es de oficio: ¿tiene sentido que en 2026 sigamos usando el nombre de una persona como clave de emparejamiento en cualquier punto del flujo?
Treinta años discutiendo por un nombre, y resulta que la discusión nunca fue sobre el nombre.
Fuentes consultadas
- Crossref, foro de la comunidad, «Contributor initials vs first name» (2023): https://community.crossref.org/t/contributor-initials-vs-first-name/3733
- Crossref, «Bibliographic metadata / Contributors», buenas prácticas de metadatos: https://www.crossref.org/documentation/principles-practices/best-practices/bibliographic/ y https://www.crossref.org/documentation/schema-library/markup-guide-metadata-segments/contributors/
- JATS Tag Library, atributo
initials: https://jats.nlm.nih.gov/publishing/tag-library/1.3/attribute/initials.html - W3C, Richard Ishida, «Personal names around the world»: https://www.w3.org/International/questions/qa-personal-names
- Heusse et al., «ORCID growth and field-wise dynamics of adoption», Learned Publishing (2022): https://onlinelibrary.wiley.com/doi/full/10.1002/leap.1451
- Tekles, Alexander; Bornmann, Lutz. «Author name disambiguation of bibliometric data: A comparison of several unsupervised approaches». Quantitative Science Studies, 1(4), 1510–1528 (2020). https://direct.mit.edu/qss/article/1/4/1510/96105/
- Xu, X.; Hu, Y. «Rethinking the author name ambiguity problem and beyond: the case of the Chinese context». Accountability in Research, 32(6), 913–936 (2025). DOI: 10.1080/08989621.2024.2349115. Publicado online el 5 de mayo de 2024.
- FECYT, «Propuesta de manual de ayuda a los investigadores españoles para la normalización del nombre de autores e instituciones»: https://www.recursoscientificos.fecyt.es/sites/default/files/2015_02_16_normalizacion_nombre_autor.pdf
- West et al., «The role of gender in scholarly authorship», PLOS ONE (2013): https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0066212
- Brooks, «Just your initials, please! Subverting sexist biases in peer-review», The Conversation: https://theconversation.com/just-your-initials-please-subverting-sexist-biases-in-peer-review-13272
- COPE, «Update on COPE guidance regarding author name changes» (2021): https://publicationethics.org/news-opinion/update-cope-guidance-regarding-author-name-changes
- ORCID, principios y modelo de confianza: https://info.orcid.org/balancing-researcher-control-and-data-integrity/