La tilde que no me toca poner

Creí que era un error heredado del plomo y que había que corregirlo. Resultó ser la misma compresión con pérdida de la que hablé en otro artículo, con otro carácter, y esta vez el error sería mío. Notas sobre los diacríticos en la firma científica.


1. Lo que yo creía que estaba corrigiendo

Este artículo terminaba en una regla —el nombre completo es el dato, la inicial es una vista— y en un corolario que ahí me quedó demasiado cómodo: que la firma es una decisión del autor y que la editorial no es dueña de la forma del nombre.

Escribo este texto porque encontré un caso donde esas dos cosas se pelean entre sí.

Vengo desde hace años acumulando una molestia con los apellidos que aparecen sin tilde. Mi caso testigo es Borón, porque circula de las dos maneras y porque el autor es lo bastante conocido como para que la vacilación no pueda atribuirse a una base mal cargada. La explicación que yo tenía era esta: durante décadas las mayúsculas no se acentuaron, por razones materiales de composición; los apellidos, que aparecen capitalizados en cubiertas, portadillas, encabezados y fichas, heredaron esa omisión; cuando la cadena de producción se digitalizó y las mayúsculas empezaron a convertirse en minúsculas, la omisión bajó de caja y se volvió invisible. Un error de plomo que sobrevivió al plomo y terminó normalizándose.

Es una explicación elegante y ya no la sostengo. O mejor aún: la sostengo como parte de la historia y como la parte menos importante.

Lo que la desarmó fue mirar en detalle un solo caso. La página de novedad editorial de la antología esencial de Borón en CLACSO, publicada el 5 de octubre de 2020. En esa página, el título dice Atilio Boron. Las tres citas de respaldo reproducidas ahí —Pérez Esquivel, Chomsky, Correa— dicen Atilio Boron. El PDF descargable se llama Atilio-Boron-Antologia-esencial.pdf. La etiqueta de la taxonomía del sitio, en cambio, dice Atilio A. Borón. Y en el mismo párrafo del cuerpo donde se presenta el libro, la autora de la introducción aparece como Sabrina Gonzaléz.

Ahí me detuve. En un mismo párrafo, una tilde correcta suprimida y una tilde incorrecta agregada.

Eso no es una política ortográfica laxa. Una política laxa produce omisiones, no invenciones. Lo que produce las dos cosas a la vez es otra: que la tilde dejó de ser el resultado de aplicar una regla y pasó a ser una propiedad decorativa del carácter, algo que se pone o no se pone según cómo venga la cadena de texto de donde se la copió. Esto es ruido en las dos direcciones.

Y si es ruido en las dos direcciones, entonces mi plan —restituir las tildes faltantes— no era corregir un error. Era agregar más señal del mismo tipo que el ruido, con mejor intención y sin más autoridad.

2. La misma compresión, otro carácter

Empecemos por lo que sí se sostiene, que es la continuidad exacta con el artículo anterior.

Boron a partir de Borón es la misma operación que J. a partir de Jeremy. Una función trivial en un sentido y ninguna función en el sentido inverso: de Borón sale Boron siempre; de Boron no sale nada, porque Boron puede ser Boron o puede ser Borón. Compresión con pérdida sobre un dato que no se puede regenerar. Es el problema del artículo anterior con otro carácter.

Lo que cambia es que acá la operación está documentada, escrita y defendida por quien la ejecuta. En la comparación a gran escala de fuentes bibliográficas del CWTS, el procedimiento se enuncia sin rodeos: el preprocesamiento simplifica títulos y nombres de autor convirtiendo los caracteres no US-ASCII a US-ASCII, por ejemplo quitando los acentos; y a continuación el emparejamiento de documentos se hace, entre otros criterios, por apellido del primer autor.

Léase dos veces. Se pliega el diacrítico y después se usa el resultado plegado como clave de emparejamiento.

La última pregunta que dejé abierta la vez pasada era si tiene sentido que en 2026 sigamos usando el nombre de una persona como clave de emparejamiento en algún punto del flujo. La respuesta empírica es peor de lo que yo suponía: no solo se lo usa como clave, se lo degrada deliberadamente antes de usarlo, porque un identificador que a veces trae tilde y a veces no es un identificador inservible, y la manera más barata de arreglarlo es que no la traiga nunca.

Y no sale gratis. Un estudio sobre 44.549 publicaciones de la Sapienza encontró que, aun con exactitud generalmente buena, hay clases enteras de nombres de autor que degradan la calidad de los registros en Web of Science, Scopus, PubMed y CrossRef, y nombra dos: los nombres compuestos y los que llevan diacríticos. Son, exactamente, los nuestros.

Hasta acá la regla del artículo anterior se aplica sin fisuras. Plegar diacríticos para cotejar es una vista legítima, incluso necesaria. Guardar el resultado plegado es el error de diseño de siempre: la vista filtrándose hacia el dato.

3. Y una capa más abajo, la tilde que sí está pero no coincide

Hay un piso técnico debajo de esto que en el artículo anterior no aparecía y que acá es imposible de esquivar, porque afecta a cualquiera que guarde nombres en una base.

La tilde no tiene una sola representación. Unicode asigna código tanto a los caracteres precompuestos —una sola unidad para la letra con su acento— como a la secuencia de letra base seguida de una marca combinante. Las dos formas son canónicamente equivalentes: representan el mismo carácter abstracto y deben tratarse como iguales. Y el estándar es explícito en que los programas tienen que comparar como iguales las cadenas canónicamente equivalentes, para lo cual lo más simple es normalizarlas a una forma común, NFC o NFD, de modo que lo equivalente termine teniendo también la misma representación binaria.

Traducido a la mesa de trabajo: Borón y Borón pueden ser dos cadenas distintas. Se ven idénticas en pantalla, se imprimen idénticas, y no coinciden en una comparación byte a byte. Una llegó de un procesador de texto, la otra de un formulario web, la otra de un sistema operativo que descompone por defecto, y las tres se ven bien.

Esto tiene una consecuencia incómoda para el argumento que yo venía haciendo. Yo pensaba que el problema era binario: la tilde está o no está. No es binario. Hay al menos tres estados: la tilde ausente, la tilde presente en una representación, la tilde presente en otra representación. El segundo y el tercero son indistinguibles a la vista, que es la peor clase de diferencia que puede haber en una base de datos, porque no se detecta revisando: se detecta cuando algo no empareja y nadie entiende por qué.

De modo que la disciplina no es «poner la tilde». Es normalizar en la puerta de entrada y no volver a tocar. Y a partir de ahí, plegar a ASCII solamente para construir claves de cotejo, nunca para guardar.

4. Dónde vive la tilde y dónde se muere

Vuelvo a CLACSO, porque el mapa es legible y sirve para cualquier editorial.

En el repositorio institucional, el registro de un prólogo de 2006 trae en el campo de autor «Borón, Atilio», con tilde, y el archivo adjunto se llama 2boron.pdf, sin tilde. En el sitio, las notas periodísticas de 2022, 2023 y 2025 titulan «Atilio Borón» con tilde, y todas ellas viven en direcciones que dicen atilio-boron. En la página del libro de 2020, el cuerpo y el nombre del archivo dicen «Boron» y la etiqueta dice «Borón».

El patrón que yo esperaba encontrar era institucional: un área que acentúa y otra que no. Hay algo de eso, pero lo que aparece con más nitidez es otra cosa: la tilde sobrevive en los campos y se muere en los localizadores. Sobrevive donde alguien la tipeó dentro de un campo destinado a contener un nombre —el campo de autor del repositorio, la etiqueta de la taxonomía—. Se muere en cada lugar donde la cadena, además de nombrar, tiene que localizar: la URL, el nombre de archivo.

Y esa muerte no es una decisión editorial. Nadie en CLACSO decidió que el archivo se llamara 2boron.pdf. Es lo que hace (y se espera de) un sistema, o una persona que aprendió hace más de veinte años que a los archivos no se les ponen tildes porque después algo se rompe, y lo aprendió bien, porque efectivamente algo se rompía.

El problema empieza cuando el localizador se convierte en fuente. El PDF de la antología se llama Atilio-Boron-Antologia-esencial, y el nombre del archivo es lo primero que ve quien tiene que escribir la nota de novedad, armar el asiento, o citar el libro. Del nombre del archivo pasa al título de la nota; del título de la nota pasa a la cita de un tercero; de ahí pasa a una base. Es exactamente el mecanismo del artículo anterior, la página convertida en fuente, pero un escalón más abajo y más difícil de ver: acá el artefacto autoritativo no es siquiera la página, es el nombre de su archivo.

Sobre el «Gonzaléz» del mismo párrafo no tengo teoría, y prefiero decirlo así. Puede ser una errata simple. Pero está en una página donde se suprimieron tres tildes correctas, y esa vecindad me parece significativa: donde la tilde deja de estar regida por regla, deja de estar regida en las dos direcciones.

5. De dónde viene la costumbre, y una advertencia sobre el relato

La parte histórica de mi hipótesis original sigue en pie, con una corrección importante sobre las fuentes.

La Academia admite el hecho material sin conceder nada en el plano de la norma: la pauta de no acentuar mayúsculas no se aplicaba en los textos impresos antiguos, aunque las imprentas siempre contaron con tipos diferentes para mayúsculas con tilde y sin ella; y como los sistemas modernos de composición permiten hacerlo con comodidad desde hace décadas, hoy no hay justificación posible para omitirla. La frase que importa es la última: la ortografía académica nunca dio carta blanca para eso.

Acá hay una trampa en la que estuve a punto de caer. La versión más difundida del origen —la que circula en enciclopedias colaborativas y en artículos de divulgación— dice otra cosa: que la RAE permitió la omisión hasta 1990, cuando la difusión de la computadora personal la volvió innecesaria. No encontré esa fecha respaldada en ninguna fuente académica, y la propia institución sostiene que nunca estableció una norma en sentido contrario.

Lo digo porque este es un artículo sobre errores que se normalizan, y sería incoherente escribirlo repitiendo un error normalizado. El relato de origen del hábito es, él mismo, un caso del fenómeno que el artículo describe: algo que se repitió tanto que dejó de verificarse.

Después del plomo viene la máquina de escribir, que tampoco tenía dónde poner el acento sobre la caja alta. Y después viene lo que hoy manda, que ya no es tipográfico sino de codificación: ocho bits, siete bits, ASCII, direcciones web, nombres de archivo, campos de formulario que aceptan solo caracteres latinos básicos, sistemas heredados que se rompen al recibir un byte alto. La restricción cambió de naturaleza dos veces y sobrevivió a las tres.

6. Marx no es una digresión

Cuando empecé a pensar esto lo trataba como un asunto aparte, con explicación política: la costumbre de escribir «Carlos Marx» sería un gesto militante, y lo que me irritaba no era la política sino el acompañamiento editorial acrítico. Estaba equivocado en la premisa.

La castellanización de los antropónimos no fue militante. Fue la norma editorial general. En los catálogos de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes hay una edición barcelonesa de 1837 titulada Julia o La nueva Heloísa, por Juan Jacobo Rousseau. La Academia lo describe como práctica de época: en otros tiempos los antropónimos de personajes históricos extranjeros solían hispanizarse por traducción, equivalencia o adaptación, y de ahí vienen Juana de Arco, Tomás Moro, Martín Lutero, Ana Bolena, Alberto Durero. Hoy se prefiere la forma original de muchos nombres cuyas hispanizaciones cayeron en desuso; el ejemplo que da la propia Academia es el impresor que en otro momento se llamó Juan Gutemberg y hoy es Johannes Gutenberg.

Lo específicamente político no es el origen. Es la persistencia. Las Obras escogidas en tres tomos de Carlos Marx y Federico Engels de la Editorial Progreso de Moscú se publicaron desde 1973 y se reeditaron por lo menos hasta 1986. Trece años de reimpresiones sin revisar la portada. En los términos del artículo anterior: un catálogo que se volvió fuente.

Y hay un punto de quiebre con nombre, fecha y argumento, que es el mejor material de todo esto. En 1970 el proyecto editorial de Signos lanzó un programa de ediciones críticas de Marx cuyo rasgo distintivo incluía abandonar la castellanización tradicional de los nombres propios y usar Karl Marx en portadas y títulos, junto con la elección discutida de plusvalor en lugar de plusvalía, para conservar la relación morfológica del alemán. El responsable fue el traductor uruguayo Pedro Scaron.

O sea que el acompañamiento editorial que yo reclamaba existió, tuvo autor, tuvo fecha y tuvo fundamento. Y fue derrotado a medias por el peso de los catálogos previos, que es lo que derrota casi siempre a las decisiones editoriales correctas.

Pero lo que me interesa no es la anécdota. Es que hispanizar un nombre y plegarlo a ASCII son la misma operación: adaptar la designación de una persona a las restricciones del sistema de destino. En un caso el sistema es una lengua; en el otro, una codificación. Las dos son irreversibles. Las dos se hicieron por comodidad del aparato y no del designado. Y las dos, mientras se hacían, parecían obvias y respetuosas.

Eso debería darnos algo de humildad respecto de lo que hoy nos parece obvio.

7. Entonces, ¿qué hago con la tilde?

Acá está la simetría que me obligó a escribir esto.

En el artículo anterior, la editorial pecaba por sustracción: borraba el nombre de pila y guardaba la abreviatura. La corrección era clara, porque devolver lo que falta no se puede: hay que dejar de sacarlo.

Con la tilde la tentación es la contraria, y es la que yo traía. Restituir. Pasar el corrector, agregar el acento que el plomo le sacó, devolverle al apellido su forma canónica. Y tengo norma que me respalda: los antropónimos españoles, sean nombres de pila o apellidos, deben someterse a las reglas de acentuación gráfica; y los apellidos tienen fijada una forma canónica que los hablantes no pueden modificar a voluntad.

Con esos dos artículos en la mano, una editorial puede corregir todo el catálogo. Yo estuve por proponerlo en mi sello.

El problema es que la norma ortográfica tiene autoridad sobre el léxico de la lengua, y el antropónimo no es léxico de la lengua: es la designación de una persona que está viva y que firma. Si Borón firma sus columnas Por Atilio A. Boron, si en la prensa de lengua inglesa circula como Atilio Boron, si su cuenta pública es atilioboron, entonces la editorial que le pone la tilde no está corrigiendo una errata de composición. Está sobreescribiendo una firma con la mejor intención, que es exactamente como se la sobreescribió durante ochenta años en la dirección contraria.

Y ahí es donde mi propio punto 6 de la vez pasada —la firma es una decisión del autor, incluida la decisión de abreviar— me deja sin margen. No puedo sostener que el autor manda cuando el autor elige abreviar, y que la norma manda cuando el autor elige no acentuar. O el dato es lo que la persona escribe, o no lo es.

La regla, entonces, es la misma de siempre, y es más modesta de lo que yo quería:

Guardar exactamente lo que el autor escribe, normalizado a una sola forma Unicode. Derivar el plegado a ASCII cuando haga falta cotejar. No restituir nunca en el dato lo que el autor no puso.

Que no es lo mismo que quedarse quieto. Preguntar sí se puede. Preguntar es barato y no presume. Corregir de oficio, no.

Y queda una zona donde la restitución sí es legítima, que conviene delimitar con precisión: cuando la pérdida es demostrablemente nuestra y no del autor. Si el manuscrito llegó con la tilde y el nombre del archivo la comió, y de ahí pasó a la portadilla, eso no es la firma de nadie: es nuestro propio flujo degradando un dato que teníamos bien. Ahí corregir no es sobreescribir, es reparar. La diferencia entre un caso y otro no se decide leyendo el apellido: se decide teniendo registro de por dónde entró.

8. Los contraargumentos que hay que tomar en serio

a) La hipercorrección produce errores nuevos. La propia Academia señala que, mientras en la mayor parte del ámbito hispánico Óscar es palabra llana y lleva tilde, en la Argentina y en la zona caribeña existe además una pronunciación aguda a la que corresponde la forma sin tilde, Oscar; y lo mismo con Abigail/Abigaíl, Italo/Ítalo, Magali/Magalí. Y para apellidos que vienen de otras lenguas —vasco, catalán, quechua— no hay regla del español que obligue a acentuarlos si no están hispanizados. Una política de restitución automática, aplicada por alguien que no conoce el caso, produce Óscar donde el señor se llama Oscar. Es decir: produce Gonzaléz.

b) El plegado tiene una función real. Es fácil escribir un artículo indignado contra las bases que borran acentos. Es más honesto reconocer que el plegado resuelve un problema verdadero: los datos llegan sucios, en tres representaciones Unicode distintas y con la mitad de los diacríticos perdidos en el camino, y sin una forma reducida común no hay emparejamiento posible del corpus retrospectivo. El error no es plegar. El error es guardar lo plegado.

c) Firmar sin tilde puede ser una estrategia, no un descuido. Este es el argumento que más me cuesta aceptar. En el artículo anterior comprendía y aceptaba que una investigadora firme con inicial para no ser leída como mujer, y decía que el remedio no es exigirle que firme completo sino arreglar la revisión. La estructura de acá es idéntica: quien publica en revistas indexadas y sabe que su apellido con tilde va a aparecer plegado, mal plegado o partido en dos registros distintos, puede decidir firmar sin tilde para que su producción se acumule e indexe bajo una sola forma, no está siendo descuidado. Está haciendo lo racional frente a un sistema que lo castiga. Predicarle la norma ortográfica a esa persona es apuntar al eslabón equivocado, otra vez.

d) Quien decide la forma no es quien firma. Uno puede firmar Borón y aparecer citado como Boron porque así lo pide el estilo de la revista que lo cita, o peor, porque así quedó en la base de la que la revista tomó la referencia. La decisión no está en la firma: está tres eslabones más adelante, en manos de alguien que nunca vio el manuscrito.

e) Y una objeción a mí mismo. Todo este artículo trata la tilde como si fuera el caso general, y es un caso provinciano. El problema mayor es el mismo que señalé la vez pasada con el modelo «nombre + apellido», un aparato de identificación construido sobre el alfabeto latino básico, que trata todo lo demás como desviación a normalizar. La tilde del castellano es la versión más benigna de ese problema. Hay comunidades para las cuales el plegado no borra un acento: borra el nombre.

9. Qué haría una editorial que se toma esto en serio

  1. Normalizar a una sola forma Unicode en la entrada, y documentar cuál. Es la única manera de que dos cadenas idénticas a la vista sean idénticas también para la máquina.
  2. Guardar el nombre como el autor lo escribe. Con tilde si la puso, sin tilde si no la puso. El campo no es el lugar de la corrección ortográfica.
  3. No plegar nunca a ASCII en el registro. El plegado se deriva en el momento de cotejar y se descarta.
  4. Separar la forma de presentación de la clave de cotejo, y dejar por escrito que la segunda no tiene autoridad sobre la primera. Cuando el nombre de un archivo o el segmento de una url se vuelven el único registro sobreviviente del nombre, ya perdimos.
  5. No restituir tildes de oficio. Preguntar cuando se pueda; dejar constancia de la duda cuando no.
  6. Reparar sí, cuando la pérdida es propia. Lo que exige tener registro de cómo entró el dato, que es la única manera de distinguir la firma del autor de la degradación de la cadena.
  7. Tratar las variantes como variantes y no como errores. Si un autor circula con dos formas, el problema es de identidad y se resuelve con identificador, no con corrector ortográfico.
  8. Auditar el formulario de captura antes que el esquema. Otra vez. Es donde la tilde se pierde por primera vez, y un buen flujo propaga con fidelidad todo lo que recibe, incluido lo que recibe mal.

10. Lo que me queda

Empecé este texto convencido de que había encontrado un error que corregir y termino con una regla que se parece bastante a no hacer nada, lo cual es una conclusión antipática para un artículo.

Pero no es no hacer nada. Es que el trabajo está en otro lado del que yo creía. No está en la corrección del apellido: está en que el apellido tenga un lugar donde vivir sin que ninguna capa posterior lo pise. En mi artículo anterior la conclusión fue que la inicial es una vista y el nombre completo es el dato. Acá la conclusión es más incómoda, porque la tilde no es una vista: es parte del dato, y su ausencia también puede serlo. Lo único que sé distinguir con confianza es el plegado, que sí es una vista y que nunca debería quedar guardado.

Lo que me obliga a corregir es el corolario cómodo de la vez pasada. Yo escribí que la editorial no es dueña de la forma del nombre y lo escribí pensando en editoriales que sacan información. Resulta que también hay que sostenerlo cuando la tentación es agregarla, y que ahí cuesta bastante más, porque uno tiene la norma de su lado y la sensación de estar haciendo un favor.

Lo que no sé contestar:

  • Si un autor firma con tilde en castellano y sin tilde en inglés, ¿cuál es la forma canónica de su registro de autoridad? ¿O la pregunta está mal hecha y lo canónico es el identificador, con dos formas colgando de él sin jerarquía entre ellas?
  • ¿Hasta dónde llega la autoridad de la norma ortográfica sobre un antropónimo? La Academia dice que el apellido tiene una forma canónica que el hablante no puede modificar a voluntad. ¿Vale eso contra la firma efectiva de una persona viva? ¿Y contra la de una muerta?
  • ¿Cuántas tildes se pierden hoy en los depósitos de metadatos de revistas hispanoamericanas? No conozco la medición y me gustaría. La literatura señala que los nombres con diacríticos degradan la exactitud de los registros, pero no encontré cuantificado el caso hispanoamericano.
  • Si el nombre de archivo es el lugar donde el dato se degrada primero, ¿por qué seguimos tratándolo como una cuestión de higiene informática y no como parte del modelo editorial?
  • Y una que me deja peor: ¿en cuántos de mis propios registros hay dos representaciones distintas de la misma tilde conviviendo sin que yo lo sepa?

Fuentes consultadas